2010-02-18

Estampida

Hubo una vez un pueblo de aquellos en los que nunca pasa nada, en los que no se escucha nada más que el viento y pasos cansados sobre madera vieja, en los que el tiempo y las nubes van igual de lentos, en donde la vida vive lo que el sol dura, era en efecto, un pueblo de aquellos en los que nunca pasa nada.

Hasta que algo pasó.

Un día incierto los perros, atrincherados en corrales, le aullaron al aire mientras tropezaban entre sí; las aves emitieron horribles chillidos, semejantes al llanto del recién nacido, justo antes de empezar a volar en trayectorias erráticas. El horizonte, infinitamente azul y apacible hasta ese momento, se volvió hostilmente rojo; las nubes blancas e inmaculadas perdieron su inocencia y se vieron sumergidas en el negro más negro de todos cuando apareció, allí donde la tierra y el firmamento parecen uno, cierta figura de razones humanas pero de proporciones sobrenaturales.

Los que lograron advertir con la mirada dicho punto brillante en el horizonte, quedaron paralizados por la velocidad sobrehumana con la que se desplazaba, hubieron otros que sólo vieron una estela como la que dejan los cometas alargarse a través del polvoriento camino, algunos recuerdan haber escuchado un zumbido en el aire, parecido al de los zancudos en verano, acompañado de un creciente temblor en la tierra: algo se acercaba rompiendo la barrera del sonido y no podía ser bueno.

Todo fue rápido. La forma con cabello de fuego se detuvo en seco, como si toda la velocidad de antes nunca se hubiera dado, y observó la casa que daba inicio al pueblo. Posó todos los ojos de su cara sobre la puerta segundos antes de desintegrarla con la mirada, irrumpió en el recinto y el silencio atónito se vio destrozado por los horribles gritos que se repitieron tantas veces como casas habían en ese pueblo.

Pasaron veinte minutos antes de que todo volviera a quedar en silencio.

B3

2 comentarios:

Magita dijo...

Existieron por 24 lineas-20 Minutos.

B3 dijo...

Y existirán aunque las hayan olvidado.